Aquiles
Córdova Morán | 20
septiembre de 2013
Tribuna Libre.- Cierto
que no es frecuente que dos meteoros de magnitud considerable ocurran de manera
simultánea y, como si se hubieran puesto de acuerdo, embistan al país al mismo
tiempo por ambas costas, la atlántica y la que hace frente al Pacífico. La
cantidad de agua que ha caído sobre el territorio nacional a causa de esto
tampoco es “normal”; ni siquiera puede calificarse “de poco frecuente pero
esperable”. Todo esto es difícil de prever, como lo evidencian los
impresionantes caudales de casi todos los ríos de las zonas afectadas, los
deslaves, los cortes de carretera, las estructuras colapsadas y las colonias,
pueblos y rancherías convertidos en lagunas, con el consiguiente volumen de sufrimiento
humano y pérdidas económicas irreparables, sobre todo entre los más desvalidos.
Aceptando que el factor decisivo en esta tragedia nacional lo pone la
naturaleza, cuyas leyes y comportamiento escapan todavía al control del hombre,
hay que señalar que de ello no se deduce como inevitable que el país se nos
esté batiendo entre las manos como si fuera de azúcar; ni tampoco que sea
irremediable el dislocamiento de la vida nacional a grado tal que el gabinete
en pleno tenga que trasladarse a las áreas de desastre para hacer frente a la
contingencia y para llevar aliento y confianza a los mexicanos en desgracia.
En
relación con lo primero, es decir, a los desastres materiales masivos ocurridos
principalmente en las carreteras del país, la verdad es que, aunque hay una
diferencia cuantitativa con lo ocurrido en otras temporadas de ciclones, no se
puede decir que sean una verdadera novedad en el acontecer nacional. Todos
sabemos, en efecto, que no hay tormenta de cierta consideración, sobre todo si
cae en las zonas serranas, en que no ocurran derrumbes de taludes sobre la
cinta asfáltica que bloquean la circulación y ponen en peligro la vida de
quienes transitan por ella; en que no se reporten caídas de puentes y rupturas
de consideración en la superficie de rodamiento, ocasionadas por el agua, que
causan el aislamiento, por semanas y meses enteros, de pueblos y comunidades;
avalanchas de lodo y piedras que sepultan, en los casos más trágicos, autobuses
repletos de pasajeros que, naturalmente, no viven para contarlo. Lo nuevo de
hoy es que, además, se vinieron abajo túneles (p. e. en la autopista del sol)
que, dada su función especial, se supone que pueden resistir buena parte del
peso de montañas enteras que gravitan permanentemente sobre ellos.
El
hecho de que fracasos de este tipo se repitan una y otra vez, dice a las claras que no toda (y no siempre) la
culpa es de la naturaleza; es obvio que hay responsabilidad humana, p. e.,
deficiencias en el diseño y construcción en nuestra red carretera. En efecto,
cualquiera puede observar, si se lo propone, que allí donde se hace un corte
más o menos profundo en una elevación del terreno para dar la pendiente
adecuada al trazo de la ruta, los taludes se dejan siempre a plomo,
completamente verticales, independientemente de sí se trata de material rocoso,
arcilla, arena o suelo profundo y rico en materia orgánica. A los constructores
no les interesan los estudios sobre mecánica de suelos, resistencia de
materiales, etc., sino sólo ahorrarse gastos; por eso no trabajan el talud
hasta conseguir el ángulo de reposo que la naturaleza del suelo reclama.
Resultado: tan pronto cae una lluvia medianamente fuerte, los derrumbes y
deslaves se ponen a la orden del día. Tampoco se estudia el curso seco y el
caudal potencial de los escurrimientos que, cuando llueve fuerte, por fuerza
bajan hacia la carretera, y sólo se hacen alcantarillas allí donde la
profundidad natural del lecho lo vuelve inevitable. Por eso, si llueve en
abundancia, el agua tiene que abrirse paso a viva fuerza rompiendo la cinta
asfáltica. Finalmente, túneles que perforan montañas de todos tamaños para
facilitar el tránsito vehicular se construyen en todo el mundo, algunos tan
largos y difíciles como el de San Gotardo, que une a Suiza con Italia, pero no
suele oírse que tales obras se batan y disuelvan como merengue en caso de
temporales copiosos, como nos ocurre a nosotros.
En
relación con el segundo problema, el trastorno de la marcha normal de la
nación, lo primero que se observa es la absoluta incapacidad de respuesta que
muestran personas y familias para hacer
frente, ellas solas, a la emergencia; de ahí el alto grado de dependencia que
muestran respecto del apoyo oficial y la presión que ejercen sobre el aparato
de gobierno, dislocando su funcionamiento normal. Parece obvio que si la
economía de la masa de damnificados y su riqueza patrimonial fueran menos
precarias, es decir, si la pobreza no fuera tanta y tan profunda en todo el
territorio nacional, la respuesta a las contingencias sería mucho más fácil,
rápida y eficaz, y causaría menos trastornos a la vida del país y al propio
gobierno de la República. Se evidencia, además, un centralismo excesivo en la
toma de decisiones y en el manejo y disponibilidad de recursos, materiales y
económicos. Según se aprecia en los medios, todo mundo “se cuelga” del gobierno
federal: la gente y los propios gobernadores, que se achican ante la coyuntura
y casi desaparecen de la escena, limitándose a esperar la visita “del señor
Presidente”, a acompañarlo en su gira de trabajo y a aplaudirle las decisiones
que toma y los discursos que dirige a la masa hambrienta y desesperada. Igual
concentración se advierte en la maquinaria requerida para las tareas de
reconstrucción, el transporte, la infraestructura de ayuda inmediata como casas
de campaña, cocinas portátiles, ambulancias, helicópteros, etc. Todo parece
pedir a gritos una redistribución en todo el territorio nacional para hacer más
oportuna, barata y eficaz la respuesta que reclama hechos como los actuales.
Como
remate de todo, los medios de comunicación han convertido este tipo de
emergencias en un verdadero “reality show”, con graves consecuencias para las
víctimas. Primero, provocan que la ayuda se concentre allí donde el “show” se
pueda montar con toda facilidad y éxito y que la misma dure sólo el tiempo que
la tragedia sea “noticia”; pasada la euforia y la novedad, los damnificados
quedan totalmente olvidados, con sus necesidades a cuestas. Nadie vuelve a
acordarse de ellos. Segundo, el “show” deja fuera, necesariamente, a los
pueblos y rancherías que no son un escenario “digno y atractivo” para el mismo,
aunque es allí, precisamente, donde más se nota la falta de obra contra
inundaciones, de edificios bien hechos que sirvan como albergue, de clínicas y
hospitales para la atención de los enfermos y la falta de viviendas dignas y
seguras que resistan temporales y temblores. La acción selectiva de los medios
incrementa el sufrimiento que de por sí conlleva este tipo de desastres. En
resumen, pues, no todo lo que parece “casual” e “inevitable” lo es realmente;
mucho es consecuencia de la impericia y la voracidad de las empresas
constructoras, de la gran desigualdad social que nos ahoga, del centralismo
burocrático y económico y de la falta de compromiso social de gobernantes y
funcionarios, que sólo piensan en ascender un peldaño más en su carrera
política. Estamos ante una demostración de la verdad profunda que encierra la
sentencia de Hegel: la casualidad no es
más que la forma de existencia de la necesidad.

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