Aquiles Córdova Morán.| 13
agosto de 2013
Tribuna Libre.- El
presidente norteamericano, Barack Obama, dice que la decisión de su país y de
algunos de sus satélites europeos de atacar militarmente a Siria, obedece a que
el espíritu de justicia, libertad y humanismo que caracteriza al “mundo libre”
no puede tolerar ni dejar sin castigo el crimen de lesa humanidad cometido por
el “dictador” Bashar al Assad, al atacar con armas químicas a su propio pueblo.
Esto, a despecho de que, en otros momentos (p. e., al conocer el voto en contra
del parlamento inglés), ha hablado más claro: los Estados Unidos harán lo que
juzguen necesario para la “defensa de sus intereses”, lo cual se aproxima más a
la verdad. Mucha gente, en México y en el mundo, angustiada y asqueada por
tanta sangre humana como han derramado impunemente los defensores “de la
libertad” en Oriente Cercano y el norte de África, no se traga ese cuento y se
pregunta qué es lo que se esconde realmente detrás de esta nueva embestida
encabezada por EEUU. Muchos politólogos, especialistas y medios de comunicación
influyentes (entre ellos varios mexicanos), al conocer la clara y firme
oposición del presidente ruso Vladimir Putin, han comenzado a hablar de una
“segunda edición de la Guerra Fría”, queriendo significar con ello que se
trata, otra vez, de la “legítima defensa del mundo libre” frente a la amenaza
del “totalitarismo comunista”, que fue la versión edulcorada que nos vendieron
durante el largo periodo que va del final de la Segunda Guerra Mundial (1945)
hasta el hundimiento de la Unión Soviética (1991).
Creo
que se trata, no de una segunda edición, pero sí de una reactivación de la “Guerra Fría” que, en realidad, nunca se ha ido
por completo. Sólo que ahora hay una circunstancia nueva, un mundo en el que el
lobo feroz del “comunismo” que pretende engullirse a la inocente Caperucita
Roja, que es el capital monopolista, ya no existe, ya no está aquí para explicarla
y “justificarla”. Se trata de una “Guerra Fría” unilateral, llevada adelante por uno solo de los antiguos
contendientes (el capitalismo mundial, principalmente norteamericano), que ya
no se libra contra el “comunismo ateo” sino contra aquellos países que, en
alguna medida y por razones distintas en cada caso, se han resistido y se
resisten a convertirse en un mercado abierto a las mercancías y a los capitales
sobrantes de Occidente; a su ideología, estilo de vida y cultura; a ser fuente
generosa y gratuita de recursos naturales, minerales y energéticos, para saciar
el voraz apetito del capitalismo consumista. Se trata, en suma, de consumar, de
llevar hasta sus últimas consecuencias, traduciéndolo en hechos contantes y
sonantes, lo que siempre fue el verdadero “sueño americano”: el dominio mundial
indisputado que el socialismo soviético retardó y obligó a esconder en un
discurso mentiroso, pero agradable a los oídos de mucha gente.
La
nueva situación mundial desenmascara la falacia oculta en la intensísima y
costosa campaña ideológica y mediática de Occidente contra la Unión Soviética y
sus aliados; pone al descubierto que el discurso de la “defensa del mundo
libre” contra la amenaza del “totalitarismo soviético” fue siempre una colosal
mentira, un cuento para niños cuyo propósito verdadero (bastante bien logrado,
por cierto) era aterrorizar al planeta entero y arrancarle su apoyo
incondicional para los intereses de dominación mundial del capital monopólico.
Hoy. p.e., se ha documentado que George Kennan, ex diplomático norteamericano
en la Unión Soviética y uno de los “padres de la Guerra Fría” con su famoso
“telegrama largo” (ocho mil palabras) enviado por partes desde allá, escribió,
en fecha tan temprana como febrero de 1948, lo siguiente: “Tenemos alrededor
del 50% de la riqueza del mundo, pero sólo el 6.3% de su población (…) En esta
situación no podemos evitar ser objeto de envidia y resentimiento. Nuestra real
tarea en el periodo que se aproxima es la de diseñar una pauta de relaciones que nos permita mantener esta posición
de disparidad sin detrimento de nuestra seguridad nacional”. Por otro lado,
en su discurso de asunción a la presidencia de los EEUU pronunciado el 20 de
enero de 1953, el general Eisenhower dijo: “Pese a nuestra fuerza material,
incluso nosotros necesitamos mercados en
el resto del mundo para los excedentes de nuestras explotaciones agrícolas y de
nuestras fábricas. Del mismo modo, necesitamos,
para estas mismas explotaciones y fábricas, materias vitales y productos de
tierras distantes”. Para asegurarse todo esto se requiere, dijo, “la unidad
de todos los pueblos libres” y “para
producir esta unidad (…) el destino ha echado sobre nuestro país la
responsabilidad del liderazgo del mundo libre”. He aquí, manifestado con
inusual franqueza, el interés del capital norteamericano sobre el planeta
entero, y el verdadero propósito de la “defensa
del mundo libre” con las armas de este país y de sus aliados.
Y que esto no es cosa del pasado, lo
demuestran otras citas más recientes. Robert McNamara, Secretario de Defensa de
EEUU, dirigiéndose al presidente Johnson, sostenía que el liderazgo
norteamericano “no podía ejercerse si a
alguna nación poderosa y virulenta (¡sic!) -sea Alemania, Japón, Rusia o
China–se le permite que organice su parte
del mundo de acuerdo con una filosofía contraria a la nuestra.” Es decir,
los intereses norteamericanos exigen, según esto, no sólo el dominio del mundo,
sino su total rediseño a imagen y semejanza de su único dueño, con absoluta
exclusión de cualquier otra “filosofía” contraria a la del imperio. Recién
“terminada” la Guerra Fría, en 1992, un documento secreto decía: “Nuestro primer objetivo es prevenir la
emergencia de un nuevo rival”. Esto “exige
que nos esforcemos en prevenir que ninguna potencia hostil domine una región
cuyos recursos pudieran bastar (…) para engendrar un poder global (…). O
sea que la seguridad de un mundo unipolar sólo puede garantizarse a condición
de que se evite, por los medios que sean necesarios, el surgimiento de un nuevo
foco de poder, de que se elimine a tiempo cualquier amenaza en este sentido.
Otro Secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, dijo a los tripulantes de un grupo
de bombarderos el 19 de octubre de 2001: “Tenemos dos opciones. O cambiamos la
forma en que vivimos o cambiamos la forma en que viven los otros. Hemos
escogido esta última opción y sois vosotros los que nos ayudareis a alcanzar
este objetivo”. Dicho con brutal franqueza: el mundo debe adoptar, por la
fuerza de las armas si fuese necesario, el modo de vida norteamericano. Y no
hay otra alternativa. Finalmente, en agosto de 2011, Stephen Glain aseguraba
que, para esa fecha, el Pentágono, ya se preparaba para la campaña contra el
siguiente “enemigo”, China, con el fin de frustrar sus pretensiones de dominio
del Mar del Sur, una zona rica en recursos naturales.
Así
pues, no cabe duda razonable de que hay una reactivación de la “Guerra Fría”
para consumar los objetivos geoestratégicos y económicos del capital mundial, y
no ante una nueva lucha en defensa de “la democracia, la libertad y los
derechos humanos”. Siria, hoy se sabe bien, junto con Egipto, Líbano y Qatar,
posee la más grande reserva de gas del mundo, y el gas está llamado a ser el
energético del siglo, por encima del petróleo. Además, tiene firmado un acuerdo
con Irán para la construcción en su territorio de una gigantesca estructura de
almacenamiento del gas iraní, para de ahí sacarlo al mercado por el
mediterráneo; y el comprador más firme y ventajoso es Rusia. Siria es, además,
la puerta de entrada al corazón de Asia, o sea, a las fronteras de Rusia y de
China. Así, la conquista militar de Siria lograría dos colosales objetivos: 1.-
adueñarse de sus recursos energéticos y obligar a Irán a entregar los suyos; 2.-
impedir el desarrollo de un “rival” poderoso, Rusia, y amenazar directamente a
China. La paz del mundo corre grave peligro, y no por culpa de la “dictadura
comunista y atea”.

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