José Miguel Cobián| 05
febrero de 2015
Tribuna Libre.- Quien esto escribe, como muchos de sus
compatriotas mexicanos nos quedamos con el mismo sabor de boca que cuando usted
anunció su decálogo… El presidente se queda corto. Le falta mucho. Es solo un mejoralito. Estas frases las digo yo (por eso no las puse
entrecomilladas), pero es el sentir de muchos en este país. Cualquiera que quera combatir la corrupción
de fondo y el conflicto de interés, no se quedaría con ocho medidas
justificativas, más no resolutivas.
Me explico don Enrique: La declaración de
conflicto de interés sirve para lo mismo que la declaración patrimonial, y la
carabina de Ambrosio. Si no hay vigilancia,
si no hay control, si no hay verdaderas sanciones, no sirve de nada. El comité de ética es eso, un comité que
emite recomendaciones sin dientes para obligar que se apliquen, y que puedan
pasar años discutiendo cuántos ángeles caben en la cabeza de un alfiler. Las reglas de integridad que ampliarán los
actuales e inútiles códigos de ética existentes, y como lo secundario sufre la
suerte de lo principal, no servirán de nada.
Los protocolos de contacto entre proveedores y funcionarios serán como siempre,
letra muerta. Identificar y clasificar
el nivel de responsabilidad de los funcionarios solo crea más burocracia, si no
se vigila adecuadamente el proceder de dichos funcionarios, y nadie, nadie en
este país los vigila, ni las contralorías internas, ni las externas, ni los
órganos de fiscalización, ni la auditoría superior de la federación, y si nadie
vigila, no sirve de nada. La ventanilla
única, ni siquiera tiene que ver con este asunto de corrupción, pues se inicia
el trámite en ella, pero la corrupción se da cuando se suman las dependencias
participantes para dar su visto bueno.
Incrementar los datos de la lista única de proveedores de gobierno
sancionados, servirá para el morbo, y para justificar que ¨algo¨ se hace, pero
sabemos, que los verdaderos beneficiados jamás estarán en esa lista. La participación del sector privado cooperado
con las autoridades suena bien… ¡si fuéramos suizos!, pero somos mexicanos, y
sabemos, que el sector privado se colude con las autoridades cuando así le
conviene a sus intereses económicos. Y
la última es muy divertida, una buena broma de república bananera, resulta que
su empleado va a investigar si hubo conflicto de interés entre la relación del
patrón, la esposa del patrón, y el funcionario consentido del patrón en sus
compras de casas.
Mire señor presidente. Si de verdad quiere combatir la corrupción y
la colusión entre contratistas privados y funcionarios públicos, debió comenzar
con darle uñas y dientes a la auditoría superior de la federación, para que lo que
encuentre sea verdaderamente sancionado y no se quede en mera anécdota. El que
los órganos de fiscalización estatales sean independientes no sirve de nada,
cuando éstos están sometidos presupuestalmente a los gobernadores, quienes son
de facto los dueños y señores de sus estados.
Lo mismo sucede con los congresos en que el partido en el poder tiene
mayoría, y cuando no la tiene, la compra, como a usted le consta que sucedió
con las reformas estructurales que acaba de aprobar el PRI, con el PAN, y el PRD.
Los mexicanos ya no somos tan ingenuos. Ahora
entendemos cuando algo cambia para que todo siga igual, y eso es exactamente lo
que está sucediendo con sus medidas contra la impunidad, la corrupción y el
conflicto de interés. Sabemos que desde
abajo hasta arriba la corrupción va a seguir y no sólo en el gobierno, también
en el sector privado, en las centrales sindicales, en las organizaciones
gremiales, y en todo México, pues no hay una voluntad formal desde la
presidencia de la República, para combatirla, así como no hay una voluntad
formal de la población para erradicar estas prácticas. Son tantos los mexicanos beneficiados con la
impunidad y corrupción, que parece que son mayoría, aunque en realidad, mayoría
es la masa silenciosa que sufre y va acumulando rechazo y tensión contra estas
prácticas.
Cuando usted dijo que la corrupción forma
parte de la manera de ser de los mexicanos, dijo usted una enorme verdad. Ese reconocimiento tenía dos caminos en su
árbol de decisiones. El primero era aceptar la corrupción en México como algo
que forma parte de nuestras vidas, e ignorarla, tal como se ignora la cantidad
de oxígeno que hay en nuestra atmósfera.
El otro camino, el que lo hubiera marcado como estadista, era el de
atacarla frontalmente y combatirla con toda la fuerza de la presidencia de la
República. De ahí, quizá los otros dos
poderes, o cuando menos el Judicial, hubiera tomado su ejemplo y comenzado a
erradicar ese cáncer del sector de administración de justicia. Sin embargo, usted optó por reconocer un
problema social de nuestro país y dejarlo como algo sin remedio, en lugar de convertirse en el líder para
buscar su eliminación.
Si
en algún momento se ha preguntado usted porque la población no confía en el
gobierno ni en usted, he aquí la razón. Todo parece un gran teatro montado para
convencer más no para hacer.
