* Los pataleos del gobernador * Policías y ex
policías involucrados * Tierra Blanca: el detonante * La marcha por
la defensa de la UV * Que los universitarios salgan de su letargo *
Nemi Dib al auxilio de Héctor Yunes * La corrupción quiere andar en
campaña
Mussio Cárdenas Arellano | 18
febrero de 2016
Tribuna Libre.- Su policía
levanta. Su policía tortura. Su policía asesina. Su policía entrega las
víctimas a la delincuencia pesada. Y aún así Javier Duarte descarta que el suyo
sea un gobierno coludido con el crimen organizado, un narcogobierno.
Su policía, la
Arturo Bermúdez Zurita, el secretario de Seguridad Pública, es la pista de
Tierra Blanca, el caso de los cinco jóvenes levantados y entregados a la
delincuencia, desaparecidos y supuestamente hallados los restos de dos
—Bernardo Benítez Arróniz y José Alfredo González Díaz— en un rancho de
Tlalixcoyan.
Pero no, dice
Javier Duarte, no es un narcogobierno.
Su policía en
Tierra Blanca estaba a las órdenes de Marcos Conde Hernández, delegado de SSP,
con un historial de desapariciones en Cardel y Úrsulo Galván, decenas de
jóvenes y hasta miembros del cuerpo policíaco levantados por el tipo sin que se
volviera a saber qué destino les dio.
Pero no, refuta
Javier Duarte, no es un narcogobierno.
Su policía, la que
comandaba Marcos Conde, fue la que dispuso de la vida de los cinco jóvenes
originarios de Playa Vicente, que ese 11 de enero, tras haber estado una semana
en Veracruz, fueron avasallados por la tragedia al pasar por Tierra Blanca y ser
puestos en manos del crimen organizado.
Pero, dice el
gobernador, no es un narcogobierno.
Un ex policía
intermunicipal es el detenido clave en el caso Moisés Sánchez Cerezo,
periodista de Medellín de Bravo, director del semanario La Unión, levantado el
2 de enero de 2015, cuyo cadáver apareció inicialmente en Soledad de Doblado,
cuando ya se sabía el trágico desenlace aunque el gobierno duartista lo negó
porque se resistía a admitir que así se incrementaba la lista de comunicadores
caídos en el gobierno de Javier Duarte.
Fue la presión de
los medios, la intervención de ONG's, la gestión ante el cuerpo diplomático
acreditado en México, lo que obligó al gordobés a "aparecer" los
restos en el municipio de Manlio Fabio Altamirano. Otra vez un ex policía de la
intermunicipal Veracruz-Boca del Río, desaparecida ¿por qué?, por estar
permeada e infiltrada por el narco.
Con lodo se lava
el rostro Javier Duarte. De palabra, con cifras alegres, el ardid de los
resultados que todos deben ver, enfrenta su peor desgracia, la demanda de un
cúmulo de veracruzanos, la reflexión de los analistas, la exigencia del círculo
del poder para que dimita porque la violencia, el miedo, el luto y el dolor se
apoderaron de Veracruz.
Narcogobierno no.
Refuta el gordobés a sus críticos, que cada vez son más, la contundencia de
Proceso, el embate de La Jornada, los dardos de El Universal, las punzadas de
Milenio, de Puig, de Denise, de Loret, de Pepe Cárdenas, de Ana Paula Ordorica,
de Beteta, de Hiriart, y hasta de otrora aliados que hoy observan cómo consuma
el naufragio, como si para eso lo hubiera impuesto Fidel Herrera.
Coludidos con el
narco, no. Su gobierno, dice Javier Duarte en la conferencia de los lunes, este
15 de febrero, se ha enfrentado a Los Zetas, al Cártel Jalisco Nueva
Generación, al Cártel del Golfo. Y los ha vencido. Ajá.
Seguro por eso la
violencia sigue y crece. Por eso los sanguinarios son más sanguinarios. Por eso
los hogares se enlutan, las familias se disgregan, miles de veracruzanos huyen,
temerosos e indignados viendo a su gobierno de rodillas y a su gobernador
oculto en un drenaje mientras la sociedad es víctima del ataque del crimen
organizado.
Javier Duarte
debió ser director de teatro, de perdida guionista, pues sus tramas se asemejan
a las gestas justicieras de Eliot Ness, el incorruptible, el intocable que
envió a Al Capone a prisión.
Javier Duarte es
mejor. Sus cifras apabullan, convencen, recuperan la fe en las instituciones,
callan y silencian a los críticos, diluyen la suspicacia y la sospecha, y
devuelven la tranquilidad perdida.
Van 123 líderes u
operadores de cárteles aprehendidos, abatidos —asesinados, suena mejor— o
neutralizados durante el duartismo.
De ellos, 99 eran
Zetas, 11 de Cártel Jalisco, tres del Cártel del Golfo, uno del Cártel de
Sinaloa y 10 más de células delictivas independientes.
Hosanna, Javier.
Se suponía, y así
lo esgrimía a menudo “Culín”, alias el fiscal, alias Luis Ángel Bravo
Contreras, que los asuntos de crimen organizado se lo dejaba al gobierno
federal. Y tenía razón. Entonces es falaz que el gobernador se agandalle el
récord de los capos y sicarios aprehendidos, muertos y desarticulados cuando se
trata de un asunto que le atañe a la Federación.
“En otras
ocasiones —agregaba Javier Duarte— se le ha acusado al gobierno (de Veracruz)
de formar parte o de apoyar a algún grupo delictivo en particular, y lo que
hemos dado a conocer hoy es que para nosotros las siglas, los grupos
delincuenciales, los cárteles a los que pertenezcan estos criminales es
indiferente”.
Y precisó para no
dejar duda:
“Es decir, este
gobierno no está coludido ni apoya a ningún grupo delincuencial; detenemos y
enfrentamos a cualquier grupo delincuencial, sin importar cual sea que sea su
nombre, sigla o denominación”.
Omite decir en qué
gobierno crece el Cártel del Golfo y luego los Zetas: en el de Fidel Herrera,
su mentor.
Era Javier Duarte
subsecretario y luego secretario de Finanzas, más tarde diputado federal. Era
fidelista y terminó siendo el delfín de la sucesión, el candidato impuesto, el
gobernador surgido del fraude.
No se recuerda que
en su paso por el Congreso, así hayan sido unos meses, haya hablado de la
violencia en Veracruz, demandado la presencia de fuerzas federales para
combatir al narcotráfico y sus operadores, como sí lo hizo Gregorio Barradas
Miravete, panista, en 2007, que sentenció su intervención diciendo que la única
fidelidad que había en Veracruz era al narco.
Obvio, Goyo
Barradas fue levantado en 2010, cuando era alcalde electo de Rodríguez Clara, y
su cuerpo apareció brutalmente torturado en Texistepec, Oaxaca, así como le
hacen ahora, matándolos en Veracruz y arrojando sus cuerpos en entidades
vecinas.
Llora Javier
Duarte y se duele de aquellos que lo involucran con el crimen organizado, por
omisión de quienes tienen el poder o por comisión de policías y funcionarios
que sirven a los malandros.
Sensible, expresa
el gobernador, la inseguridad es un tema que aprovechan diversos sectores para
cuestionar su desempeño. Y eso, no jodan, no se vale.
Apela a los
resultados, a los capos detenidos, a los sicarios abatidos o encarcelados, a
los operadores financieros que mueven los recursos para que la industria del
narco no deje de funcionar. Sea asunto federal, se vale robarse los muertos.
“Los resultados
ahí están, pero hay quienes insisten en poner a Veracruz con focos rojos y
generar una crisis en materia de seguridad, cuando acabamos de pasar un
carnaval con saldo blanco”.
De nivel el
análisis. Se congratula Javier Duarte de la seguridad que prevalece en Veracruz
gracias al saldo blanco del carnaval de Veracruz.
Hosanna, mi gober.
Duartelandia es
fantasía. Duartelandia es psicótica. Los enviciados con lo irreal ven lo que
quieren y escuchan lo que les conviene. Así está el gobernador, ajeno a la
realidad de Veracruz, creyendo que la sangre de los muertos es pintura roja,
los cercenados una pieza teatral, el dolor y la muerte una escenificación.
Nada sabe Javier
Duarte del ejercicio de gobierno. Cuando la policía tiene como oficio real
levantar inocentes y entregarlos al crimen organizado, hay un narcogobierno.
Cuando el
secretario de Seguridad Pública, Arturo Bermúdez, permite que un jefe
policíaco, Marcos Conde, con su historial de desapariciones, ocupe el cargo de
delegado de la SSP, pese a reprobar los exámenes de control y confianza, es
narcogobierno.
Cuando son
policías y ex policías quienes están detrás de las desapariciones forzadas y la
entrega de personas al crimen organizado, es narcogobierno.
Su problema es la
percepción de la realidad. Veracruz no padece violencia menor. No se roban
Frutsis y Gansitos en los Oxxo, como afirmó en la peor declaración de su vida.
Se llevan a la gente, las torturan, las van matando a pedazos, las refunden en
fosas clandestinas, o las “cocinan” con ácido. Y si el gobierno lo sabe, lo
permite y lo tolera, es narcogobierno.
Si en el área
judicial, sea la Fiscalía o los juzgados, dejan libres a los implicados por
falta de pruebas, por expedientes mal integrados, por negligencia o dolo,
torpeza o colusión, es narcogobierno.
Si quien ejerce el
poder concede territorios, les deja operar, se forman las rutas para el
trasiego de droga, es narcogobierno.
Así le arda a
Javier Duarte, es narcogobierno.
Y así está
Veracruz.
Archivo muerto
¿A quién le
impacta el descabezamiento de jueces y un magistrado en el palacio de justicia
federal de Coatzacoalcos? A Samyra del Carmen Khoury Colorado, la fiscal
regional. Se va su padrino y protector, Vicente Mariche de la Garza, quien se
despide llevándola con los nuevos jueces, recomendándola, pues a partir de
ahora habrá nueva línea, no la de Javier Duarte, no los enjuagues para que todo
juicio de amparo interpuesto para enfrentar las arbitrariedades del fuero
común, fuera desechado en primera instancia o en recurso de revisión. Samyra
llegó a la Subprocuraduría, procedente de un juzgado federal, donde no pasaba
de ser auxiliar, sin brillo, sin mayores atributos que ser la favorita de
Mariche. Le concedió “Culín”, alias el fiscal Luis Ángel Bravo Contreras, la
Subprocuraduría a cambio de que en los juzgados y tribunal colegiado federales
se les avalara cuanto quisiera a la pandilla duartista. Y eso implicaba casi
siempre violar la ley. Luego pasó a ser fiscal regional y ahí perdió la
brújula, en manos de Hugo Álvarez Juárez y José Roberto Sánchez Cortés.
Desmantelado el Clan Mariche, ¿de qué le sirve ahora Samyra al fiscal? Y la
otra: ¿la escucharán los nuevos jueces y aplicarán justicia al mejor postor?… A
ver cuántos universitarios marchan. A ver cuántos alzan la voz. A ver cuántos
protestan. Convocan a defender a la Universidad Veracruzana, quizá tardíamente,
cuando el plan de Javier Duarte, el estrangulamiento económico, ya provoca
estragos. Citan para el 26 de febrero, en todas las zonas universitarias de
Veracruz, esgrimiendo que la UV es de todos y que todos somos UV. Y así es.
Hasta ahora sido un fiasco la defensa de la UV, reducida al alegato de la
rectora Sara Ladrón de Guevara, quien finalmente se convenció de que el
gobernador le tomaba el pelo, postergaba el pago del subsidio federal y estatal,
retenidos ilegalmente los fondos, arguyendo que “a la universidad no se le debe
nada, nada”, supuestamente pagando aportaciones a Pensiones del Estado y con
ello lavándose las manos para no entregar los más de 2 mil millones de pesos
que en justicia le debe a la UV. Habrá que ver si los universitarios tienen con
qué. Ojalá que sí. Muchos resuelven la vida, salvan al mundo, enderezan lo
torcido, todo desde el café, en Facebook, en Twitter, en la cantina, la zona de
confort. Candil de la calle, ni siquiera increparon a su rectora cuando salió a
decir que conflicto con el gordobés no había, que todo había una trepada al
ring que le dio la prensa. ¿Y luego? La ignoró Javier Duarte y no le pagó un
centavo a la UV. Por la vía penal es otra cosa. Denuncia la rectora y el
gobierno se quiebra. Ofrece pagar. La misma treta nomás que revolcada. ¿Y qué
hacen los universitarios? Además del ridículo, saliendo a la calle unos
cuantos, nada. A ver cuántos acuden el viernes 26. Ojalá sean miles. Y que así
entienda Javier Duarte que con la UV no se juega… Así sí. Ya se puede
despreocupar Héctor Yunes. Llega en su ayuda Juan Antonio Nemi Dib, alias
Doctor Molcajete, con su cauda de conflictos, las denuncias de corrupción que
le interpuso la periodista Claudia Guerrero Martínez, directora de Periódico
Veraz y autora de la columna Entre lo Utópico y lo Verdadero, en su paso por la
Secretaría de Salud de Veracruz donde, por supuesto, no curó ni un pulque.
Anuncia Nemi que dejará el Consejo de Seguridad Pública de Veracruz y que se
integra a la campaña priista, en la que no cree nadie, ni los priistas mismos,
erosionada por los desatinos, abusos, atropellos, omisiones, venganzas, mala
leche, ocurrencias y un historial de corrupción, burlados los veracruzanos por
Javier Duarte, el gobernador que nunca debió ser…
