Aquiles Córdova Morán | 22 septiembre de 2016
Tribuna Libre.- El dólar
norteamericano acaba de romper, como dicen los economistas, “la barrera” de los
veinte pesos por unidad, y eso convierte en una urgente necesidad exigir a los señores responsables del manejo de las
finanzas nacionales una explicación sobre las verdaderas causas del desastre y
para cuándo debemos esperar que la situación mejore. Decirles que el viejo
discurso de que las mayorías empobrecidas nada tienen que temer de una
devaluación porque su vida cotidiana transcurre lejos del sofisticado ámbito
del comercio internacional y de las aún más sofisticadas operaciones y
mercancías que lo integran, ya no convence a nadie; que cada día con más
claridad y perspicacia, el hombre de la calle se da cuenta de que (para decirlo
de una manera plástica) los precios de las mercancías se comportan como el
famoso castillo de naipes, en el cual todas las cartas se sostienen unas a
otras y dependen unas de otras para la estabilidad del conjunto, a grado tal
que no puede retirarse una sola de ellas sin que se venga abajo toda la
estructura, y que por eso, ve con desconfianza e irritación crecientes que se
nos recete la misma medicina narcotizante, el mismo discurso manoseado e
inservible, como si los financieros del Gobierno hubieran aprendido su ciencia
en el corrido del gran compositor popular, el coahuilense Felipe Valdés Leal,
titulado “Los que vuelven”, que en su parte conducente dice: “Si el dólar sube
pos qué le hacemos / que suba o baje lo mismo da / ya que de pobres nunca
saldremos / de Dios que se haga su voluntad”.
El pueblo mexicano
necesita saber qué está pasando con la economía del país, y en particular, con
la política monetaria del Gobierno. Por mi parte, quiero comenzar diciendo que,
al menos a primera vista, la crisis del peso no parece tener su explicación en
los postulados más conocidos de la teoría económica al uso. En efecto, según
esta teoría, la proporción cuantitativa en que una moneda “X” se cambia por
otra moneda “Y” (en nuestro caso, el dólar por pesos mexicanos) es la misma que
guardan entre sí las capacidades adquisitivas de ambas. Es decir, que si por
cien pesos mexicanos yo recibo cinco dólares, eso significa que con los cinco
dólares debo poder comprar exactamente la misma cantidad de bienes y servicios
que con los cien pesos mexicanos. Y que la tasa de cambio entre “X” y “Y” solo
puede alterarse, y necesariamente se altera, con la pérdida de capacidad adquisitiva
de una de ellas. Ahora bien, la forma más visible y corriente en que se
manifiesta esa pérdida de poder adquisitivo es la inflación, y en México, si
hemos de creer en los informes oficiales, la inflación se ha mantenido
prácticamente constante en torno al 3% en los últimos años. Es decir, que para
los fines que aquí nos interesan, no ha habido inflación y, por tanto, la
devaluación actual no puede explicarse por este camino.
Sin embargo, hay
que recordar que, según esa misma teoría, el dólar es, para los mexicanos, una
mercancía como cualquier otra, sujeta por tanto a las mismas leyes que
cualquier otra. De ello resulta que el encarecimiento de la mercancía dólar
debe entenderse de igual manera que el encarecimiento de cualquier otra
mercancía, es decir, como una prueba irrecusable de la pérdida de poder
adquisitivo del peso, como la manifestación de un proceso inflacionario que
determina y exige el cambio de paridad entre ambas divisas. ¿Quiere esto decir
que los informes oficiales sobre inflación son falsos; que no se nos está
diciendo la veracidad sobre el verdadero movimiento de los precios? Así
pareciera ser a primera vista. Pero sigamos un poco más adelante. La inflación,
a su vez, depende de modo directo e inmediato de la cantidad de dinero que
circula dentro de la economía de un país. Esta cantidad no puede aumentarse ni
disminuirse a capricho, sino que debe guardar una cierta proporción con el
valor en dinero del total de bienes y servicios producidos por un país en un
período de tiempo determinado (un año por ejemplo), y puede calcularse con más
o menos exactitud si se conoce el nivel medio de los precios y la velocidad de
circulación del dinero (ecuación de Fisher). ¿Hay un exceso de circulante en la
economía nacional? ¿Y de dónde habría venido ese exceso si ese fuera el caso?
¿Del incremento acelerado de la deuda externa y de una mala aplicación
improductiva de los créditos contratados? ¿Del superávit de nuestra balanza
comercial con los EE.UU.? ¿De las remesas de nuestros paisanos residentes en
este país? ¿Y por qué habría permitido el Banco de México el incremento
excesivo del circulante pudiendo evitarlo? Para ser sinceros, no parece fácil
hallar aquí la explicación de la crisis.
Pero todavía queda
la posibilidad de explicar la devaluación de acuerdo con la teoría económica al
uso si no olvidamos que la mercancía dólar, como tal, está sujeta también a la
famosa y todopoderosa ley de la oferta y la demanda. Según esta ley, el
encarecimiento del dólar puede deberse, bien a una escasez de la oferta de
dicha divisa, o bien a un exceso de demanda de la misma. Desde mi punto de
vista, si tomamos en cuenta el incremento de la deuda nacional, las reservas
del Banco de México, el superávit de nuestra balanza comercial con EE.UU. e
incluso las remesas de nuestros compatriotas emigrados al norte, la escasez no
puede ser la explicación del proceso. Queda el exceso de demanda y aquí se
abren dos posibilidades: que tal exceso obedezca a causas “legítimas”, por decirlo así, o que sea
artificialmente provocado con fines especulativos. El incremento legítimo
tendría que venir de un acelerado crecimiento de la economía, principalmente, y
éste, a su vez, debería reflejarse en un crecimiento apreciable del empleo y
del PIB, lo cual no está ocurriendo. Por el contrario, todos sabemos que el
crecimiento de nuestra economía es del todo insuficiente para nuestras
necesidades. Por tanto, tampoco está en esto la explicación de la devaluación.
Solo queda, como última posibilidad, el incremento especulativo de la demanda,
lo cual nos coloca, automáticamente, fuera del marco de la teoría económica del
capital para ubicarnos de lleno en el mundo de las maniobras y los abusos de
los poderosos en contra de los débiles, sean estos personas o países.
Y en efecto, una
de las últimas explicaciones del ex Secretario de Hacienda, Dr. Luis Videgaray,
fue precisamente que el peso estaba siendo víctima de “un ataque especulativo”,
razón por la cual estaba moderadamente optimista de que, más pronto que tarde,
el peso recuperaría su valor real. En la jerga económica, especular quiere
decir maniobrar inescrupulosamente para comprar barato, vender caro y hacerse
rico con este juego de manos sin arriesgar nada y sin producir absolutamente
ninguna riqueza nueva. Ahora bien, ¿quiénes serían en tal caso los
especuladores? ¿Son acaso las empresas exportadoras que presionan al peso a la
baja para ganar competitividad en el mercado norteamericano? ¿Se trata de la
huida de capitales “golondrinos” por temor de que los negocios en México vayan a
la baja por la caída de los precios del petróleo y por el “efecto Trump”, o
atraídos por la promesa de una subida de las tasas de interés en EE.UU.? ¿Se
trata de la exportación de utilidades de las trasnacionales, o de la fuga de
divisas hacia los paraísos fiscales? ¿Se trata de una balanza de pagos
altamente deficitaria, es decir, del pago excesivo de fletes y otros trasiegos
“invisibles” de capital hacia el extranjero? De ser alguna o algunas de estas
causas la explicación de la crisis, ello vendría a demostrar, por enésima vez,
la gran debilidad y vulnerabilidad de un modelo económico que depende de la
inversión extranjera para su crecimiento y de un solo mercado extranjero para
sus productos de exportación que, además y por esa misma causa, deja de lado la
producción de bienes de consumo masivo para el mercado interno y el
fortalecimiento de la capacidad adquisitiva de ese mismo mercado. ¿Es por eso
que se rehúye la verdadera explicación del problema?
Sea como sea, el
hecho es que la función principal del Banco de México es mantener la paridad de nuestra moneda frente
al dólar y que, para poder cumplir eficazmente con esta función, dispone tanto
de la autoridad como de los mecanismos necesarios y suficientes para ello. Los
economistas tradicionales aceptan que es obligación del banco central controlar
la inflación, pero hasta ahí se quedan, como si quisieran decir que tal control
busca “solo” defender la economía de los consumidores. Y aunque esto es cierto,
no es toda la verdad. Ni siquiera su parte esencial. El verdadero objetivo es,
como ya queda dicho, garantizar la estabilidad del peso con vistas a los
grandes negocios internacionales. Por tanto, son la Secretaría de Hacienda y el
Banco de México quienes deben dar al pueblo mexicano una explicación detallada,
suficiente y creíble sobre las causas de la actual debacle del peso, una
debacle cuya víctima será, casi con seguridad, ese mismo pueblo. Y mientras más
pronto lo hagan, mejor será para la paz y la estabilidad social. De paso diré
que, si como parecen indicar las últimas encuestas, Trump gana la elección en
EE.UU., quedará probado que el esfuerzo de México por dialogar con ese señor
fue correcto, y que quienes se dieron vuelo vapuleando a los responsables de la
iniciativa, estaban equivocados y dañaron, gravemente y sin necesidad, la
unidad y la soberanía nacionales. Lo digo solo para constancia.
