Aquiles Córdova Morán | 14 octubre de 2016
Tribuna Libre.- Según lo que oigo, leo y
entiendo, las opiniones coinciden en que el verdadero peligro abierto por las
elección presidencial norteamericana no es el muro que Trump amenaza construir
en la frontera norte (por cierto, ¿se acuerda usted, amigo lector, de las
atronadoras condenas de los políticos norteamericanos contra del muro de
Berlín, al que llamaban, entre otros calificativos, “el muro de la ignominia” y
monumento a la “barbarie y a la ferocidad de los dictadores comunistas”? ¿Cómo
llamaremos al “muro de Trump”? ¿Monumento a la hipocresía y prueba irrefutable
de la doble moral de esos mismos políticos, duchos en ver la paja en el ojo
ajeno y no la viga en el propio?), sino su amenaza de someter a una revisión
completa el Tratado de Libre Comercio firmado entre Canadá, Estados Unidos y
México hace 23 años, e incluso renunciar a él en caso de no lograr tal
revisión. En cualquier caso, se dice, México entraría en una crisis de
impredecibles consecuencias.
Pienso que la dificultad
para dimensionar el peligro y sus probabilidades de materializarse, reside en
que hasta hoy se ha evitado señalar, con toda precisión y claridad, cuáles son
los aspectos del tratado que necesitan cambiarse y qué se propone para
remplazarlos. Conviene recordar, por cierto, que aunque la candidata demócrata
no habla de “denunciar” el tratado, concuerda en la necesidad de hacerle
enmiendas significativas. Trump ha dicho textualmente que se trata de “el peor
acuerdo comercial que se ha firmado en la historia de este país (Estados
Unidos, se entiende) y uno de los peores acuerdos comerciales que se han firmado
en cualquier parte del mundo”; pero se ha limitado a señalar el hecho escueto
de que, a causa del TLC, la balanza comercial México-EE.UU. ha sido favorable a
nuestro país en los últimos años. Y más sorprende el hecho de que el gobierno
mexicano haya aceptado oficialmente ir a la revisión sin ningún intento de
aclarar qué es lo que considera justo modificar y por qué, lo que equivale a
convalidar la acusación de Trump de que los mexicanos nos hemos estado
aprovechando de la ingenuidad de los negociadores norteamericanos.
Parece, pues, legítimo que
nos preguntemos: ¿es verdad que el TLC nos ha beneficiado mucho a los mexicanos
a costa de los pobrecitos norteamericanos? ¿En qué y cómo ha ocurrido esto?
Veamos lo de la balanza comercial. Es casi un lugar común que para saber quién
beneficia a quién en una relación económica estrecha y compleja como la que
mantienen México y EE.UU., es un craso error limitarse a estudiar la balanza
comercial por cuanto que en ella no se registran entradas y salidas de dinero
que no deriven directamente de la compra-venta de bienes y servicios. Una
herramienta mejor para ello, aunque tampoco absolutamente suficiente, es la
balanza de pagos, un documento que, si está correcta y honestamente elaborado,
permite saber de un modo más completo cuánto dinero sale de un país hacia el
otro y viceversa, es decir, quién sale realmente más beneficiado de la relación
económica entre ambos. Estoy casi seguro de que, si revisásemos la balanza de
pagos México-EE.UU. en vez de atenernos, como Trump, al saldo de la balanza
comercial, quedaría perfectamente claro que no somos nosotros quienes nos
aprovechamos de los norteamericanos, sino ellos los que nos siguen cambiando
oro (y mucho) por cuentas de vidrio, como hicieron los españoles con los indígenas
americanos en su tiempo.
Si echamos una ojeada a la
situación económico-social del país, vemos que el TLC es el principal
instrumento y sostén del modelo neoliberal en que vivimos, un modelo que,
basado en las grandes empresas exportadoras altamente tecnificadas y
automatizadas (razón por la cual casi no generan empleos), exige como condición
indispensable los bajos salarios, poca o nula tributación, leyes laborales y
ambientales laxas y un Estado enteramente dedicado a mantener “la paz y el
orden” para el buen funcionamiento de los negocios, todo con el fin de mantener
la competitividad en el mercado mundial. El resultado final es el incremento
acelerado de la desigualdad y la pobreza de las grandes masas trabajadoras, el
debilitamiento del mercado interno y una mayor dependencia del país respecto de
las importaciones de todo tipo. Un reconocido investigador de la UNAM, Antonio
Gazol Sánchez, declaró a BBC-Mundo que “La capacidad exportadora de México está
basada en una combinación perversa que son bajos salarios y un elevadísimo
contenido importado de las exportaciones. De cada dólar que se exporta, para
poder exportarlo, previamente tuvimos que importar alrededor de 80-85 centavos
de dólar. Esto es un fallo de la política económica mexicana, no del Tlcan”.
Como quiera que sea, el hecho es que tampoco por este lado se ven los grandes
beneficios del TLC que dice Trump.
Si esto es así, ¿qué es lo
que se pretende con la revisión del TLC? La respuesta tal vez sea la misma que
dio Marx a la diferente situación del esclavo en las sociedades patriarcales y
en los países con un alto desarrollo de la producción y el comercio marítimo:
el hambre física de las familias patriarcales dueñas de esclavos tiene un
límite, puede llegar a sentirse satisfecha; el hambre de ganancia no. Ésta,
igual que el Moloch de los fenicios, mientras más víctimas consume más se
despierta su apetito. Es probable, pues, que los reformadores quieran más y
mayores concesiones para sus exportadores de bienes, servicios y capitales y,
al mismo tiempo, frenar la relocalización de sus empresas (el “offshoring”,
como le llaman ellos) en nuestro país, para poder recuperar el empleo y el
crecimiento de su PIB, que hace rato se halla en niveles peligrosamente bajos.
El problema radica en que, para lograr esto último, tendrían que obligar al
gobierno mexicano a encarecer su mano de obra, endurecer sus leyes laborales y
ambientales y modificar su política fiscal, lo cual perjudicaría a los grandes
inversionistas ya asentados en nuestro país, que naturalmente se opondrían a
ello. O tal vez se busque imponernos un “libre comercio” unilateral, es decir,
cero aranceles a las mercancías norteamericanas y un elevado gravamen a nuestras exportaciones.
No es una locura. Es cosa bien averiguada, y está en los libros, que el libre
comercio ideal ha sido, desde su nacimiento, eliminar las barreras arancelarias
ajenas y conservar las propias para efectos de una copiosa recaudación fiscal.
Si no se dice abiertamente, es porque se entiende que eso solo puede imponerse mediante
la fuerza, que es lo que sucedió con el colonialismo inglés y europeo en la
India, en China, en África y en América Latina. Los Estados Unidos piensan que
es posible imponernos un trato tan abusivo, justamente porque conocen nuestra
debilidad económica y la gran dependencia de nuestra economía en relación con
la suya. De aquí que la lección que nos deja la coyuntura actual es la
necesidad de evitar o remediar nuestra excesiva dependencia respecto a un solo
país y a un solo mercado.
Con fecha 5 de octubre leí
un interesante artículo de Salvador García Soto en el cual se documenta mejor
algo que yo había expresado solo a manera de lógica conjetura, esto es, que la
crisis del gobierno de Peña Nieto y la renuncia del Secretario de Hacienda, Dr.
Luis Videgaray, son consecuencia no de lo malo, sino de lo poco bueno que
intentaron hacer, tal vez de manera poco meditada. García Soto no duda: “Ideada
por sus consejeros «de cabecera», Luis Videgaray y Aurelio Nuño, quienes lo
convencieron desde el inicio de su administración de que era «la mejor
estrategia» de política comercial para el país y un «contrapeso» a la
«dependencia excesiva» de la economía de Estados Unidos, la relación de Enrique
Peña Nieto con China le ha traído más golpes y tropiezos que beneficios al
presidente y a su gobierno”. El punto de vista del artículo es que esto fue un
imprudente error que nos colocó en la mira del poderoso vecino como «la gran
amenaza». Opino que la geopolítica norteamericana no está sujeta a
eventualidades como ésta. El imperialismo se halla en serias dificultades: su
economía no repunta desde hace años, el capital financiero se torna cada día
más ingobernable y su imagen se deteriora cada día más en el mundo entero. El
retorno al proteccionismo que abandera Trump es un intento de aplicar un
tratamiento de “shock” al problema para atajar la debacle. Según esto, lo que
proponen los dos candidatos sobre el TLC se hubiera dado de todos modos, y de
ahí resulta que la opinión del Dr. Videgaray era correcta, estaba bien fundada y,
de haberse conseguido, nos habría colocado en la ruta que los tiempos nos están
demandando. Hubo errores de instrumentación y una mala lectura de la coyuntura
mundial; pero con todo eso, los intentos del gobierno peñista estaban bien
orientados, y pienso que si una guerra nuclear no aniquila a la humanidad,
tarde o temprano tendremos que retomar esta línea si queremos sobrevivir como
nación.
