¡Cuán bella eres, amada mía! ¡Cuán bella eres!
¡Tus ojos son
dos palomas!
Cantar de los Cantares del Rey Salomón
Ángel Rafael Mtz. Alarcón | 05 enero 2026
Tribuna
Libre.-
El 31 de diciembre, en el calendario
occidental, está marcado como el último día del año. Es el momento de hacer
balance de lo bueno y lo menos bueno, de repasar, en el cierre de sus 52
semanas y sus 4 estaciones, los aciertos y los errores del ciclo que termina.
También es una ocasión para albergar nuevos propósitos para el año que está por
llegar. En Veracruz, una de las tradiciones es "la salida del viejo",
donde niños, jóvenes y adultos salen a bailar para despedir al año que se va.
Sin embargo, el pasado 31 de diciembre de 2025 fue profundamente distinto para
nuestra familia. Nunca habíamos vivido esta fecha acompañados por el dolor del
fallecimiento de un ser querido.
Quiero
dejar aquí escritas mis más sentidas condolencias para mis primas Marta,
Aracely, Ana Luisa y María de la Paz, y
sus ocho nietos, por el fallecimiento de su amada madre; para nosotros, la
queridísima tía Ana María Bello Méndez. Ella partió a la Casa del Padre Eterno
en las primeras horas de aquel miércoles, en su domicilio en San Andrés Tuxtla,
Veracruz, población donde vivió cerca de sesenta años y donde formó a su
familia. Tuvo una labor altruista, visitando enfermos y presos. Fue miembro
honoraria del Club de Rotario y de la Unión Femenina Iberoamericana, siempre en
discreción.
Litúrgicamente,
el 31 de diciembre se enmarca en la Octava de Navidad, en la que la celebración
del nacimiento de Jesús se prolonga por ocho días. En este marco festivo, el
alma de nuestra querida Anita partió al Padre, como si el cielo, de fiesta y
con las puertas abiertas a toda gracia y bendición, la recibiera con júbilo.
Ana María Bello Méndez partió luego de un largo y acrisolado tiempo de
enfermedad, un período que seguramente le permitió un diálogo profundo y
prolongado con Dios, y que fue acompañado con devoción por los cuidados de sus
hijas y nietos. Durante todos esos meses, familiares y amigos no cesamos de
orar por su salud, y sobre todo para que encontrara fortaleza para cargar con
esa cruz de la enfermedad, que es escándalo para el mundo. Para ella, que a lo
largo de toda su vida demostró una valentía inquebrantable para superar
adversidades, esta fue su última gran batalla.
¿Quién
era Ana María Bello Méndez? Nació en la ciudad de Perote hace ochenta años, el
7 de agosto de 1945. Siempre bromeaba diciendo que había llegado al mundo entre
las dos bombas atómicas que los Estados Unidos lanzaron sobre Japón los días 6
y 9 de agosto de ese año, poniendo fin a la Segunda Guerra Mundial. Y hay que
decirlo: también partió en una fecha significativa, el último día de un año
civil.
Sus
padres fueron el tío Ernesto Bello, originario de Altotonga, Veracruz —cuenta
la leyenda que en su juventud le apodaban “el príncipe” por su apostura y el
color de sus ojos—, y la señora Paz Méndez. El matrimonio procreó diez hijos y
estableció su residencia en Perote. Los hijos de los Bello Méndez fueron:
Jesús, Eloísa, Ernesto y Ana María (ya difuntos); y sobreviven Telma, Aracely,
Mary, Guadalupe, Ricardo y Cecilia. Una familia forjada en la cultura del
esfuerzo y el trabajo, enfrentando las adversidades de las tierras del
altiplano veracruzano. Hoy, la familia Bello Méndez se extiende en hijos,
nietos, bisnietos y hasta tataranietos, dispersados por las distintas regiones
del país.
En el
corazón de mi hermana Herminda María del Rosario y en el mío, siempre
llevaremos el amor y el cariño por la tía Anita. Por la sencilla razón de que,
como decía el tío José Lendechy López (1941-1992), nosotros, “los cuates”,
fuimos sus “conejillos de indias” para su futuro matrimonio. Ellos se
conocieron en las antiguas instalaciones de Agro-Disel —Tractores Ford, a unos
metros de la Cruz de la Misión—, donde ella enseñó a leer a algunos de sus
compañeros. Ambos jóvenes y guapos, trabajadores en la iniciativa privada, allí
Cupido hizo lo suyo. Siempre nos sentimos profundamente amados por ambos.
Rosita
Sondón Daza (1935-2012), también nacida en Perote y vecina de la Cruz de la
Misión, recordaba siempre cómo, de niña, cuidaba a una bella bebé llamada
Anita. Hoy, en el eco de la memoria, guardo con cariño ese testimonio de
primera mano. Fui testigo muchas veces de cómo Rosita le recordaba a la tía
Anita su belleza de infante, esos intensos ojos verdes que heredó de su padre.
La tía
Anita, marcada inicialmente por el determinismo geográfico de Perote —con su
frío seco y sus nevadas—, forjó un carácter capaz de superar todas las
adversidades que se le presentaron a lo largo de sus ochenta años. Vivió en su
Perote natal, en la Ciudad de México, en Xalapa, y los últimos casi sesenta
años en San Andrés Tuxtla, en el trópico húmedo del país.
Uno de
los recuerdos más bellos de mi infancia son sus visitas a la casa de la Cruz de
la Misión. Llegaba cargada con la alegría del mundo para visitar a su amada tía
Felicitas Bello Alvarado (1907-1982), a quien adoraba como a una madre. Su
llegada era como la entrada de un arcoíris; por arte de magia, todo se llenaba
de luz y color. Tenía un humor fino y una salida festiva para todo. Sus hijos
eran parte de esa alegría contagiosa. Recuerdo siempre sus regalos: totopos,
queso de la región, carne... Uno de los grandes legados de la tía Anita fue su
eterno agradecimiento, que mantuvo hasta el último de sus días. Siempre estuvo
preocupada porque su tía Felicitas no supiera que ella estaba enferma; estoy
seguro de que habría dado cualquier cosa por estar a su lado, volaba.
Mis
primeras vacaciones fuera de Xalapa fueron en San Andrés Tuxtla, en fin de año,
y también en el Rancho La Perla, con su entrada al mar abierto, en aquellos
tiempos inolvidables.
La vida
le dio golpes durísimos. El lunes 12 de enero de 1987, la repentina muerte de
su hijo varón José “Pillo” (1969-1987), arrebatado a los 17 años, cambió el
destino de la familia. El 14 de febrero de 1992, también inesperadamente,
falleció el tío Pepe, con quien compartía esa misma fecha de cumpleaños, el 7
de mayo. A pesar de estos dolorosos acontecimientos, supo sacar fuerzas de
donde parecía no haber, para seguir siendo el pilar inquebrantable de su
familia. El gran amor de su vida, hasta último instante de su vida.
En
estos últimos años, nos comunicábamos mediante videollamadas. Ella siempre tuvo
el don de reconocernos al instante y sacaba fuerza del mismo cielo para
saludarnos o regalarnos una sonrisa angelical. Quedan grabadas en mí sus
declaraciones de que haber vivido en la Cruz de la Misión fueron los momentos
más hermosos de su vida.
Incluso
su propio fallecimiento fue otra de sus grandes enseñanzas. En mis 59 años de
vida, nunca había vivido un velorio donde, entre familiares y amigos, ante el
dolor, primaran los abrazos sinceros y el consuelo mutuo. En un momento, mi
hermana María Luisa pidió a los asistentes tocar el féretro que contenía los
restos de la tía Anita e hizo una oración que nos unió a todos en un silencio
cargado de amor y respeto.
Descanse
en paz, querida tía Anita, guerrera ejemplar. Tu fuerza, alegría y amor
perdurarán para siempre en nosotros.

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