José Miguel Cobián | 12 enero 2026
Tribuna
Libre.- ¿Cuál es la cifra de participación en un movimiento social que puede
provocar la caída de un régimen? Esa
duda trató de resolverla Mark Lichbach en su análisis ¨TheRebel´s Dilemma¨1995,
que estudió las condiciones bajo las cuales los movimientos sociales logran
resultados.
A
partir de sus estudios, la politóloga EricaChenoweth analizó movimientos de
resistencia civil entre 1900 y 2006, descubriendo que ningún régimen
autoritario sobrevivió cuando al menos el 3.5% de la población participó en
protestas no violentas.
Sus
resultados fueron publicados en 2011 el estudio ¨Why Civil Resistance Works,
basado en el dataset NAVCO (Nonviolent and ViolentCampaigns and Outcomes¨.
Antes
de que saques tu calculadora, la masa crítica para México son 4.9 millones de
personas, involucradas en protestas pacíficas, actuando de manera sostenida,
generando una presión insostenible, especialmente si el régimen pierde el apoyo
de las fuerzas armadas y de la comunidad internacional.
El
secreto está en que sean protestas sostenidas.
En Chile, durante el estallido social de 2019, la movilización ciudadana
alcanzó niveles cercanos al umbral del 3.5% de la población, lo que según la
teoría de EricaChenoweth explica por qué el régimen político se vio obligado a
abrir un proceso constituyente. La “marcha más grande de Chile” reunió a más de
1.2 millones de personas en Santiago, equivalente a más del 6% de la población
de la capital y alrededor del 3.5% del país.
El
movimiento chileno inició a principios de octubre de 2019, comenzaron como
protestas contra el alza de precio del transporte público, y escalaron en un
movimiento masivo contra la desigualdad, el costo de la vida y el modelo
neoliberal. La marcha más grande en la capital congregó a varios millones de
personas en todo el país, superando ampliamente el margen del 3.5%. El gobierno de Sebastián Piñera decretó
estado de emergencia y desplegó militares en las calles. Aunque el régimen no
cayó, la presión obligó al gobierno a convocar un plebiscito constitucional en
2020, abriendo un proceso histórico de cambio institucional.
La
Revolución Tunecina de 2011 y la Revolución del Poder Popular en Filipinas de
1986 son dos de los ejemplos más emblemáticos de cómo la movilización masiva y
no violenta puede forzar la caída de regímenes autoritarios. En ambos casos, la
participación ciudadana superó ampliamente el umbral del 3.5% de la población,
generando un cambio político profundo.
En
Túnez, el 17 de diciembre de 2010, Mohamed Bouazizi, vendedor ambulante, se
inmoló en protesta contra la corrupción y el desempleo. Los tunecinos tomaron esa bandera, e
iniciaron una serie de marchas de protesta en las calles, en contra de tres
factores principales: Corrupción sistémica y represión política; Altas tasas de
desempleo juvenil; Falta de libertades civiles y crisis económica. Las protestas se extendieron por todo el
país, mientras el ejército se negó a reprimir violentamente a los
manifestantes, debilitando al régimen.
El 15 de enero de 2011 Zine El AbidineBen Alí, huyó del país. El primer
líder árabe derrocado por la Primavera Árabe. Esto provocó el inicio de un
proceso democrático con elecciones en 2011, se jura una nueva constitución en
2014.
La
Filipinas de Ferdinand Marcos, gobernada con mano dura desde 1965, y con ley
marcial desde 1972, había consolidado una dictadura corrupta y represora. En 1983, asesinan al candidato opositor
Benigno Aquino Jr. Realizan fraude electoral en las elecciones presidenciales
de 1986. Esto provoca que entre el 22 y
el 25 de febrero de 1986 millones de filipinos se movilizaran en marchas de
protesta pacíficas. La iglesia católica vía el cardenal Jaime Sin llama a la
población a salir a las calles. Sectores
del ejército desertan y se unen a la oposición.
El mismo 25 de febrero, Corazón Aquino asume la presidencia, iniciando
un proceso de democratización, restableciendo instituciones democráticas.
En el
caso de México la estrecha vigilancia y cercanía con Estados Unidos, impediría
que el ejército actuara como medio represor, y si lo hiciera, los mandos
correrían un gran riesgo personal.
Pasaría lo mismo que en Venezuela, es preferible que se mantenga el
orden, a pesar de la corrupción existente en las elites militares.
La
oposición no ha logrado convocar a más de millón y medio o dos millones de
personas. El mexicano no está
acostumbrado a protestar ni a exigir a sus gobernantes. Quizá no existe una masa crítica que se
oponga a las reformas antidemocráticas del régimen de Morena, ya que la cultura
del Tlatoani sigue profundamente enclavada en la psique del mexicano, pero todo
puede cambiar, si el pueblo comienza a comprender que además de habitantes
también pueden ser ciudadanos.
Para
ello se requiere un liderazgo opositor confiable, que no dé la impresión de
estar vendido al sistema, y que asuma ciertos riesgos políticos para convencer
a un mayor número de mexicanos respecto de sus intenciones y de la necesidad de
preservar las instituciones y contrapesos democráticos en el país. Basta un 3.5%. ¿Logrará la oposición al régimen sacar a la
calle de manera continua y ordenada a cinco millones de mexicanos para que su
voz sea escuchada en palacio nacional?
De 1900
a la fecha, no ha habido un solo movimiento de protesta pacífica que haya
fallado en sus metas si logra movilizar cuando menos al 3.5% de la población de
manera consistente. No basta con una marcha al año, deben ser muestras de
inconformidad permanentes hasta lograr los objetivos.
Esta
regla aplica para descontento popular contra políticas aplicadas por
municipios, estados o países.
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@jmcmex

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