David Marcial Pérez | 10 marzo 2026
Tribuna
Libre.-
Hace una semana, México amaneció con un
incendio. Las columnas de humo manchaban el cielo de Puerto Vallarta, una de
las joyas turísticas del país, como si se tratara de una ciudad en guerra. Una
decena de Estados suspendieron las clases en los colegios, los camiones tampoco
circularon, los gobernadores recomendaban no salir mucho a la calle. Por las
redes corrían videos de vecinos encerrados escuchando tiroteos dispersos, gente
resguardada horas en restaurantes, hoteles o en un zoo, donde los hubiera pillado
el caos hasta poder escapar. El Ejército había matado a El Mencho, el criminal
más buscado del mundo, y se había desatado una ola incontenible de violencia.
Justo
el domingo siguiente, el corazón de Ciudad de México amaneció con los primeros
adolescentes desperezándose tras pasar la noche en una tienda de campaña en
frente de la catedral. El inmenso Zócalo, la segunda plaza más grande del
mundo, se fue llenando a lo largo del día hasta juntar a más de 400.000
personas. Shakira rompió el récord de asistencia en los habituales conciertos
gratuitos del Zócalo. Las imágenes aéreas daban cuenta de una multitud de
colores bailando y coreando aquello de que “las mujeres no lloran, las mujeres
facturan”. La reina de hacer catarsis -y caja- con el despecho le ganó a El
Mencho. La Loba se comió al Señor de los Gallos.
El
contraste entre los dos hitos -la violencia y la fiesta- es una de las cosas
que más sorprenden al mirar a México, esa especie de normalización del trauma.
El escritor Juan Villoro me dijo una vez, a vueltas con esto, que México y
Colombia son los dos países latinoamericanos con unos códigos de cortesía y
educación más marcados. Y a la vez son dos de los países con un problema de
violencia más extremo. La paradoja ha sido muy analizada por los estudios sobre
lo mexicano. Durante décadas, mucho antes del fenómeno del narcotráfico y el
crimen organizado, ha sido un lugar común afirmar que la relación del mexicano
con la muerte, entre la burla y desprecio, apunta inconscientemente a un
desprecio hacia la vida.
En
1950, Octavio Paz escribió en El laberinto de la soledad: “Nuestra indiferencia
ante la muerte es la otra cara de nuestra indiferencia ante la vida”. Casi 40
años después, el antropólogo Roger Bartra impugnó esta tesis, al considerar que
se trata más bien de una proyección de las clases altas, cultas y urbanas del
México moderno. Para Bartra, detrás del mito de la indiferencia mexicana ante
la muerte hay algo entre la fatalidad religiosa del mundo campesino y un desdén
señorial por la vida de los pobres. “Hay hombres cuya vida no vale mucho a los
ojos de los amos”, escribió en La jaula de la melancolía (1987), donde recoge
la explicación científica sobre por qué el hombre es el único animal que es
consciente de la inexorabilidad de la muerte. Decir que un ser humano no tiene
miedo a la muerte es considerarlo como un animal.
Mi
compañera Silvia Blanco entrevistó a una familia de desplazados por la
violencia en Tamaulipas, una de las zonas más sometidas desde hace décadas por
las mafias más sádicas. Llegaron hace ocho años a Guadalajara, capital de
Jalisco, cansados de “tener que mirar cada día en Facebook el código rojo
[avisos ciudadanos de peligros en la calle] antes de salir, antes de ir al
parque con los niños, para ver si había balaceras, ataques a centros
comerciales, cadáveres tirados en la calle”. María y Luis, nombres ficticios
por seguridad, encontraron en Jalisco una colonia donde vivir tranquilos en
comparación con el lugar de donde venían, pero este domingo volvieron a ver el
horror al que se habían acostumbrado.
“Uno aprende a vivir con miedo”, le dijo María a mi compañera.
En
María y Luis no hay ninguna indiferencia, ningún desprecio a la muerte, su
normalización de la violencia es más bien una manera de cuidar la vida. El
antropólogo Claudio Lomnitz explica en el reportaje que convivir con la
violencia “a veces puede implicar un deseo de imaginar que si uno toma
precauciones no le va a tocar, hay una rutinización de la seguridad y, muchas
veces, un deseo de alejarse de la violencia y de las víctimas. A veces los
familiares de desaparecidos quedan aislados o sufren una revictimización,
cuando el entorno especula con que si hizo algo [para ser secuestrado] o es que
iba con tales amigos”.

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