José Miguel Cobián . | 15 junio de 2026
Tribuna Libre. - En México la propaganda gubernamental, y ciertas
etapas de nuestra historia, nos han hecho temer la intervención norteamericana
en los asuntos internos del país. Todo parece indicar que hoy el enemigo no
está al norte de nuestra frontera, sino que es un enemigo más discreto,
socarrón, que actúa de manera soterrada y que utiliza a México y a toda América
Latina en su guerra de baja intensidad contra Estados Unidos. China es la
fuente del poderío del crimen organizado y su control del estado a través de
narco políticos ambiciosos y corruptos que venden su patria y la seguridad de
sus compatriotas a cambio de unas monedas. Los modernos Judas son políticos
latinoamericanos, y quién los compra es un enemigo que no muestra la cara
abiertamente.
América Latina atraviesa una de las transiciones más delicadas de su
historia republicana se encuentra atrapada en el fuego cruzado de una nueva
Guerra Fría, donde el campo de batalla no está en Asia, sino en sus puertos,
reservas de litio, materias primas, redes de telecomunicaciones y estructuras
criminales. China ha promovido la narrativa de cooperación “Sur-Sur” y
beneficio mutuo, pero los datos muestran otra realidad: actúa como potencia que
extrae recursos y desestabiliza, con el objetivo de socavar la hegemonía
estadounidense, promoviendo como “beneficio colateral” la fragilidad
institucional latinoamericana.
La penetración china se aceleró tras la crisis de 2008 y se consolidó
con la Iniciativa de la Franja y la Ruta (de la seda). El comercio con la
región se multiplicó por treinta entre 2001 y 2023, superando los 500,000
millones de dólares. Sin embargo, el 75% de las exportaciones hacia China
siguen siendo materias primas de bajo valor agregado, mientras que Pekín inunda
los mercados con manufacturas avanzadas. Este modelo reproduce un esquema
colonial que destruye la industria local y perpetúa la dependencia de
industrias extractivas de la riqueza nacional. No genera transferencia y
desarrollo, sino dependencia tecnológica.
China ha otorgado préstamos mediante bancos estatales con cláusulas
opacas y garantías sobre activos físicos. Cuando los países enfrentan crisis
financieras, estas deudas se convierten en instrumentos de presión geopolítica.
Ejemplos claros son el control chino sobre puertos estratégicos como Chancay en
Perú y concesiones en el Canal de Panamá, éstas últimas, ya revertidas por
presión estadounidense. Estas infraestructuras no son solo comerciales, sino
nodos de proyección civil y militar que acercan a Pekín al “bajo vientre” de
Estados Unidos.
El “Triángulo del Litio” (Argentina, Bolivia y Chile) concentra cerca
del 80% de las reservas mundiales. Empresas chinas han adquirido
participaciones masivas y derechos exclusivos de explotación. El objetivo no es
industrializar la región, sino asegurar el suministro estratégico para China y
limitar el acceso de Occidente. Esto convierte a América Latina en una cantera
de recursos naturales, con graves impactos ambientales, por la laxa
reglamentación que China exige para invertir y sin desarrollo tecnológico
propio. En México AMLO echó fuera del proyecto de Litio en Sonora a los Chinos.
Los capitales chinos se caracterizan por la ausencia de exigencias en
transparencia, derechos humanos o protección ambiental, las empresas
occidentales por el contrario, sufren el escrutinio permanente de gobiernos y
clientes, lo que genera competencia desleal de las empresas Chinas. Esto ha
servido de apoyo financiero a regímenes autoritarios en Venezuela, Cuba o
Bolivia, debilitando las democracias regionales. El objetivo estratégico es
crear un bloque de Estados fallidos hostiles a Washington, obligando a Estados
Unidos a desviar recursos y atención hacia su propio hemisferio.
La faceta más peligrosa de la estrategia china se ejecuta a través del
crimen organizado. Mafias chinas, bajo tolerancia estatal, han tejido alianzas
con carteles latinoamericanos. El principal vector es el tráfico de precursores
químicos: toneladas de fentanilo y metanfetaminas llegan a puertos controlados
en México y Sudamérica. Esto fortalece a las organizaciones criminales locales
y, al mismo tiempo, inunda el mercado estadounidense, generando una crisis de
salud pública que debilita internamente a su sociedad.
China ha perfeccionado el lavado de dinero mediante sistemas de
compensación y triangulación de divisas que evitan pasar por bancos regulados.
Los dólares provenientes de la venta de drogas en EE. UU., son recolectados por
operadores chinos y entregados a magnates de su propia nacionalidad en el
extranjero, quienes transfieren yuanes a fabricantes en China. Luego, las
corporaciones envían mercancías legítimas a América Latina, que las mafias
venden para obtener dinero limpio. Así, los carteles purifican sus ganancias,
los magnates chinos esquivan restricciones cambiarias y el flujo ilícito se
perpetúa sin activar alarmas internacionales.
La inserción de empresas como Huawei y ZTE en redes 5G representa una
vulnerabilidad crítica. La Ley de Inteligencia Nacional de China obliga a sus
corporaciones a cooperar con el espionaje estatal. Al entregar el control de
datos y telecomunicaciones a estas entidades, los gobiernos latinoamericanos
comprometen su seguridad nacional y bloquean el acceso a alianzas tecnológicas
con Occidente, aislándose de innovaciones en inteligencia artificial y
computación avanzada. La población ignorante y mal informada aplaude lo que
perjudica a sus naciones, por una tonta revancha contra Estados Unidos, cuando
el enemigo está dentro de sus casas.
Washington ha reaccionado con doctrinas de seguridad más agresivas y
operaciones de inteligencia para recuperar influencia en su hemisferio. La
neutralidad activa de América Latina es una ilusión: China no busca prosperidad
regional, sino utilizarla como peón en su disputa con Estados Unidos. Continuar
aceptando capitales chinos sin condiciones, voltear la vista al daño que hace
China al desestabilizar países y regiones completas con su apoyo técnico,
militar y económico a las redes criminales en el hemisferio, equivale a
claudicar la soberanía y comprometer el futuro de la región.
Frenar el apoyo y la relación de China con las redes de organizaciones criminales a lo largo de todo el hemisferio, es fundamental para recuperar el control de los estados, muchos de ellos, hoy dirigidos por narco políticos, a quienes no importa destruir sus países a cambio de unos cuantos dólares, mientras la población vive engañada aferrada a teorías económicas caducas como el marxismo, el capitalismo de estado chino destruye la cohesión social en sus países. .elias.2025
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