Nuevo escándalo en el “Yanga” Hospital Regional de Córdoba, señalan al departamento de finanzas como instrumentos de control y beneficio particular
*Directivos y administrativo, “títeres” de Sandra Palacios Villalobos ???
*Autoridades
competentes del sector salud, ojos ciegos, oídos sordos ante dicha calamidad añeja.
Córdoba, Ver. | 02 septiembre 2026
Tribuna Libre. – Por enésima ocasión en
Hospital (“Yanga”) Regional de Córdoba, vuelve a estar bajo el escrutinio
público, no basta con consultas al vapor, señaladas de mal diagnosticadas,
aunado al mal trato y escases de medicamentos, (todo material quirúrgico, medicamentos
y más, los paciente lo compran de su bolsillo en la farmacia externa) ahora se
ve envuelto en una epidemia (política) interna ante posible abuso de poder y
tráfico de influencias, manejado bajo el poder de una persona a su libre
albedrío.
Las
autoridades competentes del sector salud, ojos ciegos, oídos sordos ante dicha
calamidad añeja.
Nos
hacen llegar la información a nuestra redacción señalando lo siguiente:
*Lo
que ocurre al interior del Hospital General Córdoba, conocido durante décadas
como Hospital Yanga, comienza a tomar dimensiones que ya no pueden ser
ignoradas. Trabajadores del nosocomio denuncian una presunta red de intereses
administrativos y sindicales que, aseguran, estaría utilizando plazas,
contratos y decisiones laborales como instrumentos de control y beneficio
particular, mientras la institución atraviesa una nueva etapa de incertidumbre
y conflicto.
Los
señalamientos apuntan directamente a Sandra Palacios Villalobos, responsable
del área de Recursos Financieros, a quien empleados acusan de concentrar
durante años un poder desmedido dentro de la estructura administrativa del
hospital y de intervenir en decisiones que, por su naturaleza, deberían
sujetarse estrictamente a criterios institucionales, legales y de
transparencia.
De
acuerdo con los trabajadores inconformes, Palacios Villalobos habría terminado
convirtiéndose en una de las figuras con mayor influencia en el manejo interno
del hospital, al grado de que aseguran que el recién nombrado administrador,
Andrés Barradas Salas, sería prácticamente un “títere” de la funcionaria y que,
según los denunciantes, desconocería buena parte de las decisiones y
movimientos que presuntamente se realizan desde el área financiera.
Las
acusaciones son graves y no pueden tomarse a la ligera.
Trabajadores
relatan que el pasado lunes fueron citados en el área de Recursos Humanos para
comunicarles verbalmente que sus contratos no serían renovados. Al solicitar un
documento oficial que acreditara formalmente la terminación de su relación
laboral, aseguran que la administración se negó a entregarles constancia
alguna.
Pero
el conflicto no terminó ahí.
Este
martes, varios de los trabajadores afectados acudieron nuevamente al hospital
en sus horarios habituales con la intención de presentarse a laborar. Sin
embargo, denunciaron que personal de vigilancia les negó el acceso a las
instalaciones.
Los
inconformes sostienen que la orden habría provenido directamente de Sandra
Palacios Villalobos. “Nos tratan como delincuentes”, reclamaron los afectados,
quienes consideran que se pretende consumar un despido por la vía de los
hechos, sin entregarles documentación que permita conocer oficialmente su
situación laboral y ejercer, en su caso, los recursos legales correspondientes.
El
episodio ha encendido nuevamente las alarmas sobre la forma en que se
administran los recursos humanos y financieros de una institución pública que
debería caracterizarse precisamente por la legalidad, la transparencia y el
respeto irrestricto a los derechos de sus trabajadores.
Pero
existe otro señalamiento particularmente delicado.
Trabajadores
cuestionan la preparación profesional con la que Sandra Palacios Villalobos ha
desempeñado durante años responsabilidades al frente del área de Recursos
Financieros. Los inconformes aseguran que la funcionaria se ha ostentado como
Contadora Pública, pero afirman que no contaría con el título y la cédula
profesional correspondientes que acrediten formalmente dichos estudios.
El
señalamiento, por su gravedad, debe ser aclarado con documentos oficiales.
Si
efectivamente cuenta con título y cédula profesional, la institución debería
estar en condiciones de acreditar públicamente dicha información. Pero si no
existieran tales documentos y, pese a ello, hubiera ejercido durante años
responsabilidades relacionadas con el manejo de recursos financieros públicos,
estaríamos ante una situación que ameritaría una investigación administrativa
de mucha mayor profundidad.
Porque
no se trata de una oficina cualquiera.
Se
trata del área encargada de recursos financieros dentro de una institución
pública de salud.
Y
si durante años una persona sin la acreditación profesional correspondiente
hubiera estado al frente de responsabilidades para las que se requiere
preparación especializada, la pregunta sería inevitable: ¿quién permitió que
esto ocurriera y bajo qué criterios se le mantuvo en el cargo?
Los
trabajadores también denuncian la existencia de supuestos “vicios financieros”
y aseguran que detrás de los recientes movimientos de personal existiría la
intención de desplazar a empleados para abrir espacios a personas cercanas a
determinados grupos de poder.
Es
aquí donde aparece otro nombre señalado por los inconformes: Rosalba Sánchez
García, secretaria general de la Sección 4 del Sindicato Estatal de
Trabajadores de los Servicios de Salud de Veracruz.
Los
trabajadores acusan que Sandra Palacios Villalobos y Rosalba Sánchez García
actuarían presuntamente en contubernio para intervenir en la asignación de
plazas y contratos. Más aún, los inconformes sostienen que existiría una
presunta intención de “vender” plazas y contratos para beneficiar intereses
particulares.
La
acusación es extraordinariamente seria y, precisamente por ello, debe
investigarse hasta sus últimas consecuencias.
Una
plaza dentro del sistema público de salud no puede convertirse en mercancía,
moneda de cambio, premio sindical o instrumento de control político. Si alguien
está cobrando, negociando o condicionando plazas o contratos, tendría que
responder ante las autoridades competentes.
Y
si las acusaciones son falsas, también debe demostrarse.
Lo
que no puede permitirse es que el silencio institucional termine convirtiéndose
en cómplice de la incertidumbre.
El
Hospital General Córdoba arrastra, además, antecedentes recientes que hacen
todavía más preocupante el escenario actual. En mayo de 2026 fue separado del
cargo el entonces encargado administrativo Quetzal Rubén Vásquez Portilla, en
medio de señalamientos relacionados con presuntos actos de corrupción, cobros
indebidos en nómina y trato déspota hacia trabajadores.
Ahora,
apenas unos meses después, el hospital vuelve a encontrarse en medio de
denuncias por presuntas irregularidades administrativas y laborales.
El
cambio de administrador, por sí solo, parece no haber resuelto el problema.
Por
el contrario, trabajadores aseguran que las decisiones importantes continúan
concentrándose en manos de funcionarios y grupos que llevan años dentro de la
estructura institucional.
La
situación genera además cuestionamientos sobre la cadena de mando. ¿Quién administra
realmente el Hospital General Córdoba? ¿El administrador formalmente nombrado o
quienes, desde otras áreas, tienen capacidad para decidir quién entra y quién
sale, qué contrato continúa y cuál termina?
También
resulta necesario esclarecer el papel del director médico, Dr. Irving Vásquez
Salas, quien asumió el cargo en junio de este año y que, según los propios
denunciantes, se habría mantenido al margen de las decisiones financieras del
hospital.
En
medio de esta tormenta, los trabajadores afectados han decidido no permanecer
callados y demandan la intervención de las autoridades estatales y federales.
Solicitan
que la gobernadora Rocío Nahle García, la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo y
las autoridades responsables del sector Salud conozcan lo que ocurre en el
Hospital General Córdoba y ordenen una revisión profunda de los procedimientos
administrativos, laborales y financieros.
La
exigencia no es menor.
Se
pide revisar contratos, renovaciones, movimientos de personal, asignación de
plazas, nóminas, nombramientos, facultades administrativas y, especialmente,
las acreditaciones profesionales de quienes han ocupado durante años puestos
relacionados con el manejo de recursos públicos.
También
debe investigarse cualquier evidencia que pudiera existir sobre la presunta
negociación o venta de plazas y contratos.
Porque
si se trata únicamente de acusaciones sin fundamento, corresponde a las
autoridades demostrarlo.
Pero
si existen documentos, testimonios, transferencias, mensajes, listas, contratos
o cualquier otra evidencia que confirme la existencia de una estructura para
negociar plazas y contratos, entonces el Hospital General Córdoba estaría
frente a un problema de enorme gravedad que no puede resolverse con simples
cambios de funcionarios.
El
sector salud no puede convertirse en un mercado de favores.
Los
trabajadores no pueden ser despedidos de manera arbitraria ni tratados como
intrusos dentro de la institución donde prestaron sus servicios. Las plazas
públicas no pueden estar sujetas a intereses particulares. Y el manejo de
recursos públicos debe estar en manos de personas plenamente capacitadas y
debidamente acreditadas.
Lo
que sucede en el Hospital General Córdoba exige respuestas, no discursos.
Exige
documentos, no versiones.
Exige
una investigación seria, independiente y transparente.
Porque
si las denuncias de los trabajadores resultan ciertas, no estaríamos ante un
simple conflicto laboral, sino ante una estructura de poder que durante años
habría operado al margen de los principios de legalidad, transparencia y
rendición de cuentas.
Y
si resultan falsas, quienes hoy son señalados tendrán el derecho y la
obligación de demostrarlo públicamente.
Mientras
tanto, una pregunta permanece sobre la mesa:
¿Quién
controla realmente el Hospital General Córdoba, y qué intereses están detrás de
las plazas y contratos que hoy mantienen enfrentados a trabajadores y
autoridades?
La
respuesta no puede seguir escondida detrás de las puertas del Hospital Yanga.

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