Sonia Corona. | 20 octubre 2026
Tribuna
Libre. – Cualquiera que haya sido atendido en un hospital o clínica del
Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) sabe a lo que se refieren los
trabajadores que han protestado en los últimos días en las calles de Ciudad de
México: esperas maratonianas, desabasto de medicamentos, instalaciones
desgastadas, falta de personal.
La
historia es añeja. México, la segunda economía de América Latina, tiene un
sistema de seguridad social modélico que otros países envidiarían, pero que no
recibe los suficientes recursos para mantenerse de pie y lo hace con lo mínimo.
La tragedia del IMSS está en sus contradicciones. En sus hospitales puede haber
profesionales sanitarios de altísima calidad y experiencia, pero sin el equipo
médico necesario para salvar una vida.
El
IMSS tiene en sus manos la atención de 78 millones de personas en todo el país,
de ellas solo 23 millones son asegurados, es decir, abonan semanalmente cuotas
que contribuyen a que el sistema sanitario estatal no cojee. Y, sin embargo, lo
hace y desde hace mucho tiempo.
Fundado
en 1943 por el presidente Manuel Ávila Camacho, el seguro social mexicano fue
un ambicioso plan diseñado para atender la salud de la población, pero también
para contemplar los accidentes de trabajo, las pensiones y los seguros de
muerte. Cuando la población alcanzaba apenas los 21 millones de personas –ahora
somos 130 millones– el IMSS se vislumbraba como una forma de robustecer los
derechos laborales tras la Revolución mexicana. Al paso de las décadas, la cantidad
de trabajadores afiliados creció, pero la capacidad de atención de la
institución no lo hizo al mismo ritmo.
Las
marchas de los trabajadores del IMSS son quizá una sorpresa para quienes no
usan sus servicios. La principal razón para protestar ha sido la negociación
del contrato colectivo de trabajo y el aumento directo al salario, pactado por
el sindicato en 2,9% –por debajo de la inflación de 3,45%–, así como las dudas
sobre el liderazgo de Rafael Olivos Hernández al frente de la representación de
más de 400.000 trabajadores.
La
movilización también ha sacado a relucir el desabasto de medicamentos, que se
extiende a todo el sistema público de salud, así como el deterioro general de
la institución. Nada nuevo. Aunque la perspectiva del Gobierno de Claudia
Sheinbaum se inclina por políticas públicas que impacten en el bienestar social
de la población, el IMSS apenas subsiste mientras suma todos los meses nuevos
afiliados.
Más
allá de los problemas administrativos están en la línea las vidas de quienes se
atienden en los hospitales del IMSS. Están los 18 bebés recién nacidos que han
muerto en una Unidad de Cuidados Intensivos en Guadalajara infectados por dos
bacterias, pero también está el exitoso trasplante de corazón que Omar, de 48
años, recibió en la última semana en el hospital de La Raza en Ciudad de
México. Los contrastes del IMSS son tan rotundos que puede tenerte meses
esperando para un estudio clave y luego ofrecerte el diagnóstico más acertado;
atenderte en un hospital de alta especialidad en la capital con tecnología de
última generación o designarte una clínica en Ciudad Nezahualcóyotl sin equipo
ni insumos. La lista es infinita.
Estados
Unidos, el mayor socio comercial de México y una de las economías más
competitivas del mundo, carece de un sistema de seguridad social que mire por
sus trabajadores. Legendarias son las facturas de la atención sanitaria o de
los seguros médicos que sus habitantes tienen que costear por su cuenta. A unos
pasos de su frontera sur, México posee un baluarte de los derechos laborales y
la sanidad. Ahora, el IMSS irá al consultorio: su director, Zoé Robledo, ha
anunciado una consulta en 277 centros para identificar las carencias operativas
y atenderlas. Si el seguro social en México fuera un paciente del Gobierno mexicano,
definitivamente tendría que estar ingresado en urgencias.

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