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martes, 19 de mayo de 2020

El Baldón: ¿Y los olvidados de siempre?



José Miguel Cobián | 19 mayo de 2020
Tribuna Libre.- Todos los días leo críticas, afortunadamente cada vez menores, en contra de quienes votaron por AMLO.  En lugar de señalar los errores reales o supuestos del gobierno en turno, quienes señalan como culpables de lo que hoy sucede a esos 30 millones de votantes, se olvidan de su propia responsabilidad.   Más allá de que otorgar el voto no te convierte en co-responsable de las políticas públicas que aplique el elegido para ejercer un puesto público.   De ser así, considerando la corrupción histórica, todo aquél que haya votado por un alcalde o gobernador que resultara ganador, sería responsable también.  Lógica que aquéllos que quieren asumir desde su pequeñez una  presunta superioridad dejan de lado.

El punto es que aquéllos que tan fervientemente señalan a quien votó por AMLO, se olvidan que ellos defienden a un régimen que se olvidó a lo largo de más de cien años del 60% de la población de México, a la cual sólo se le brindaron migajas del desarrollo del nuevo país que se estaba creando.

Un país que lleva 100 años de independiente y que no ha logrado sacar de la pobreza a 60 millones de habitantes, algo ha hecho mal.  Un país que no ha logrado elevar el nivel cultural de su población después de cien años, es seguro que ha cometido errores muy graves en su forma de gobierno.

Un país que inició la mejoría del índice de bienestar de Gini a partir de la instauración del neoliberalismo, pero que conserva sus índices de pobreza y pobreza extrema casi inalterables, seguramente no está haciendo las cosas bien.  Sobre todo cuando se observa a otras naciones como Corea del Sur, que en un período de 40 años, es decir, dos generaciones, logra incrementar los niveles de bienestar de la mayoría de su población de una manera tal, que deja muy atrás a otro país al que hace 40 años anhelaba parecerse, nuestro México.

Todos y cada uno de los beneficiados del estatus quo existente hasta antes de la elección de 2018 tienen una responsabilidad en el triunfo de su hoy odiado Andrés Manuel López Obrador.  Desde el general que afirmaba que los pobres debían morirse para no estorbar y no gastar recursos públicos en ellos (verídico pues me lo dijo a mí y me reservo su nombre por lealtad militar), hasta el funcionario corrupto que a sabiendas que el dinero era del presupuesto, no le importó y dispuso de él alegremente, ya fuera de manera directa o como beneficio otorgado por su superior.  El funcionario policíaco represor y abusivo del que menos tiene, coludido con el crimen organizado, igual que el miembro de la fiscalía que recibe dinero para procurar justicia a modo, o el miembro del juzgado que vende literalmente la justicia al mejor postor.

Y qué decir del médico del hospital público que frena la operación urgente de su paciente para convencerlo de llevarla a cabo en un hospital privado.  O el qué se lleva y distrae recursos de la clínica pública a su consultorio. 

O mejor hablemos del proveedor de un bien o servicio al gobierno que vendía con una ganancia excesiva para poder pagar los moches de los cuáles era cómplice (igualito que Bartlett Jr., al que hoy muchos se desgarran las vestiduras para señalarlo).

Podría llenar un libro completo señalando abusos y formas de robar al pueblo de México, quien es propietario del erario público.  Pero ese no es el tema.  Lo que deseo señalar es que en este país ha habido una clase privilegiada por sus actividades criminales en contra de la nación, que muchos de ellos son reconocidos políticos que han medrado en su paso por el sector público, o servidores públicos que han hecho lo mismo. Puedes ponerle ex a cualquier título, que la regla aplica igual. 

Sabemos de la apatía y sumisión proverbial del pueblo de México generada por el temor a los aztecas por parte de los pueblos originarios del centro de México sometidos y humillados por esa tribu chichimeca salvaje de bárbaros que llegó del norte.  Estimulada por los abusos de los españoles a partir de la conquista y luego por los gobernantes y poderosos en turno a partir de la independencia y posteriormente exacerbados por los herederos de la revolución mexicana, la mayoría una caterva de bandidos y ladrones, que hoy consideramos héroes nacionales, ante la escasez de verdaderos héroes. 

Sin embargo, esa sumisión lleva también un rencor soterrado, como el de los Tlaxcaltecas contra de los aztecas.   Ese rencor salió a la luz, cuando llegó Hernán Cortés ofreciendo libertad y venganza, mejores condiciones de vida para esa mayoría oprimida, que no contaba con los mínimos satisfactores de bienestar de su época. 

Pues AMLO fue el Hernán Cortés de los inicios del siglo XXI.  No importaba si mentía, si demostraba ignorancia, si en la ciudad de México no fue un buen gobernante, si estaba rodeado de comunistas o de incompetentes, lo único importante es que serían quién acabaría con los opresores, hoy no Aztecas, pero si miembros distinguidos del PRI, del PAN, del PRD, y de la clase alta, esa que tanto se ha beneficiado por su relación con el poderoso en turno. 

Si hoy sucede lo mismo que sucedió a los pueblos originarios, cuando Cortés y sus sucesores no le cumplieron al 100% a sus aliados, aunque sí les otorgaron un estatus superior que a los vencidos, no es culpa ni de los votantes de AMLO ni de los Aztecas.   Si quienes dominaban el país hubieran sido más solidarios con ese 60% de la población en niveles de pobreza, si los hubieran visto como hermanos mexicanos, como seres humanos con derecho a un mejor nivel de vida, ni Cortés ni AMLO hubieran gobernador.   Si hubieran generado un colchón de personas con algo de perder con el cambio de gobierno, no estuvieran cómo están. 

El bienestar de uno depende del bienestar de todos. Mientras eso no se entienda y sigamos con el egoísmo de buscar el bienestar personal y no el colectivo, seguirán apareciendo personajes como don Hernán o don Andrés, que ofrezcan que pueden llevarnos a un mejor futuro, sin que exista la certeza de que lo lograrán, pero mientras se llega al juicio de la historia, las estructuras crujen ante un futuro incierto, y para los perdedores, también ausente de esperanza.  

Sólo cuando pensemos en todos y no en unos cuantos privilegiados México dejará de ser el paraíso del mal, para convertirse en el país que merecemos todos los mexicanos.

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