José Miguel Cobián Elías | 31 julio 2026
Tribuna
Libre. – Poco antes de que terminara el sexenio del corrupto Enrique Peña
Nieto, tuve la oportunidad de participar en varias reuniones con directivos de
empresas petroleras internacionales, en diversos foros y mesas de trabajo, en
los cuáles de analizaba la situación de la industria energética mexicana en
esos momentos, su potencial a futuro y cuáles serían las rutas a seguir para
alcanzar el máximo potencial para beneficio de los mexicanos.
En
corto, todos los directivos de empresas petroleras de primer nivel me
preguntaban cuál sería el costo de operar en México, sobre todo considerando
que estaba de moda la promoción de rondas para otorgar concesiones de campos
petroleros en el golfo de México. Al principio no entendía yo la pregunta. En
mi ingenuidad, yo pensaba que los que sabían de costos de extracción de
petróleo en aguas profundas eran ellos. Entrando en detalles, entendí que en
todos los casos, la pregunta se refería a cuánto habría que pagar a políticos
mexicanos para hacer negocios en México.
Como
fueron varios días los que estuve en el evento, y había que convivir en
desayunos, comidas y cenas/fiestas, pude hacer un poco más de amistad con algún
alto ejecutivo, misma que ya se perdió por falta de continuidad, pero al calor
de las copas, se podía abrir el escudo de discreción un poco más.
Uno
de ellos, quién se sentía muy cómodo conmigo porque no hablaba ni pizca de
español y yo era de los pocos mexicanos que hablaba un inglés más o menos
fluido, era un gran estudioso de la historia económica de México. Él tenía la
visión de que México era un país para hacerse rico se sabía trabajar. Yo como
nunca pude ser rico, me incomodaba ante su opinión, y discutimos al respecto.
Acabó
ganando la discusión, y mostrando ejemplos muy claros de cómo, familias que
emigraron a México, que llegaron sin nada al país, al cabo de una o dos
generaciones gozaban de un patrimonio que jamás hubieran acumulado en sus
países de origen. Y me mencionó apellidos conocidos de españoles, Judíos,
Polacos, Irlandeses, Norteamericanos, Sirios, Libaneses, Cubanos, Ingleses,
Chinos, Alemanes, Galeses, Italianos, y hasta esclavos africanos, algunos de cuyos
descendientes, hoy son familias acomodadas.
La
respuesta era que el país jamás se diseñó para el bienestar de la población.
Desde el imperio mexica cuando menos, el sistema político estaba diseñado para
extraer recursos, sin importar el coste en vidas y sufrimiento humano. La
corona española trató de reducir esos costos considerando a todos los hijos del
imperio como súbditos iguales, pero a partir de la independencia, el abuso de
las clases dominantes se incrementó sin freno.
Pero
no es sólo responsabilidad de las clases dominantes. La cultura social de
México está diseñada desde hace más de 500 años en función del fracaso
económico. Aclaro algo, a partir de este momento cuando hable del mexicano, lo
haré del mexicano promedio, no de las excepciones.
El
mexicano está acostumbrado a vivir el momento. A realizar esfuerzos y tener
dedicación, pero sin visión a largo plazo. A gastar lo que ingresa, y a veces
más, sin pensar que el ahorro presente representa incremento de riqueza en el
futuro. ¿Cuántos mexicanos a los 20 o 30 años están pensando en su vida después
de retirarse del trabajo activo? ¿Cuántos mexicanos comienzan a ahorrar en el
momento en que nace un hijo, para poder legarle cuando menos una educación de
calidad? ¡Bueno, lleguemos al extremo! ¿Cuántos mexicanos están interesados en
que sus hijos tengan una educación de calidad? A sabiendas de que la buena
educación es un medio de movilidad social.
En
México no existe la cultura del esfuerzo. Se lleva a cabo el esfuerzo por
necesidad, pero no hay una visión cultural al respecto. Platique ud con un
joven de secundaria y explíquele la necesidad de aprender álgebra y
trigonometría, a un nivel de perfección. No le importará al joven. Prefiere lo
fácil. Porque la educación pública busca eso, que los chicos avancen de año,
sin exámenes, sin reprobar, sin verdaderamente aprender. Sin esforzarse. Todo
es fácil, rápido e inmediato. Sin pensar en el futuro.
Cuando
se contrata a alguien, uno espera visión de presente y de futuro. Pero el mexicano
es incapaz de planear los próximos cinco minutos. En el ajedrez de la vida,
mientras otras culturas analizan las próximas 20 jugadas, en México no se
planea ni siquiera la jugada número dos, después de la que se está ejecutando.
Esa
es la gran diferencia con los extranjeros que han llegado sin nada, y se han
convertido en mexicanos acomodados. Y no se han enriquecido abusando de los
demás. Lo han hecho con inteligencia, trabajo, muchísimo esfuerzo y sobre todo,
con visión a largo plazo.
Mientras
tanto, cualquier extranjero que quiera hacer negocios en México, sabe que desde
el presidente de la república para abajo, todos tienen precio. Aunque eso no
sea verdad para todos los mexicanos.
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